San Pio V, Papa

 Se llamaba Antonio en honor del santo del día en que nació, el 17 de enero de 1504. Hijo de Pablo Ghislieri y Dominica Angeleri, humildes campesinos de Bosco Marengo (Italia). Muy pronto fue dedicado por sus padres a pastorear las pocas ovejas que tenían. Un día, cuando estaba en el campo, se cruzaron con él dos dominicos, entablaron conversación y los frailes quedaron admirados de la inteligencia y agudeza del joven pastor. Le invitaron a su convento y allí fue él quien se quedó admirado de la vida de los dominicos. Pidió su entrada en la Orden y a los quince años profesó los votos con el nombre de fray Miguel de Alejandría.
   Comenzó sus estudios en Vigevano y los terminó en la Universidad de Bolonia. Empezó a dedicarse a la enseñanza, pero muy pronto fue elegido prior. Comenzó a hacerse famoso por su claridad en la predicación y su vida ejemplar. Fue nombrado Inquisidor y se convirtió en el hombre de más confianza del Papa. En 1555 el Santo Padre le nombró obispo de Sutri y Nepi y posteriormente le nombraron cardenal.
   Muerto el Papa Pío IV, se reunieron los cardenales para nombrar un sucesor. Era una elección difícil, se necesitaba un hombre santo e inteligente porque la Iglesia precisaba una reforma intensa que había propuesto el Concilio de Trento y aún no se había puesto en marcha. Bajo los consejos de San Carlos Borromeo fue elegido por todos los cardenales el dominico y tomó el nombre de Pío V.
   Inmediatamente puso en marcha la reforma de la Iglesia:más simplicidad en las ceremonias papales, mejor formación para los sacerdotes con la fundación de seminarios, instrucción para el pueblo fiel por medio de un nuevo catecismo, reforma de las celebraciones para lo cual mandó editar el Misal, evangelización del Nuevo Mundo con el envío de misioneros.
   Las gentes comentaban admiradas "Este sí que era el Papa que la gente necesitaba"
   Tenía tres devociones preferidas: La Eucaristía, celebraba la Misa con gran fervor y pasaba largos ratos de rodillas ante el Santísimo. El Rosario, que recomendaba a todos los que podía. Y la Santísima Virgen, por la cual sentía una gran devoción y mucha confianza y de quien obtuvo maravillosos favores.
   Pío V con la energía y el valor que le caracterizaban, impulsó y buscó insistentemente la ayuda de los jefes más importantes de Europa. Por su cuenta organizó una armada con barcos de guerra y consiguió que Felipe II, Rey de España colaborara con sus naves de combate. Así organizó una gran flota para ir a detener a los turcos que venían a tratar de destruir la religión de Cristo. Y con su bendición los envió a combatir en defensa de la religión.
   Puso como condición para obtener de Dios la victoria, que todos los combatientes debieran ir confesados y habiendo comulgado. Mientras ellos iban a combatir en el mar, el Papa y las gentes piadosas de Roma recorrían las calles descalzos, rezando el rosario para pedir la victoria.
   El ejército del Papa estaba dirigido por D. Juan de Austria. Los católicos eran muy inferiores en número a los mahometanos. Los dos ejércitos se encontraron en el golfo de Lepanto, cerca de Grecia.
   El Papa Pío V oraba por largos ratos con los brazos en cruz, pidiendo a Dios la victoria de los cristianos. Los jefes de la armada católica hicieron que sus soldados rezasen el rosario antes de empezar la batalla. Era el 7 de octubre de 1571 a mediodía. Todos combatían con admirable valor, pero el viento soplaba en dirección contraria a las naves católicas que debían emplear muchas fuerzas remando. De repente, misteriosamente, el viento cambió de dirección y los católicos soltando los remos se lanzaron todos al ataque. Atacaron la embarcación capitana de los mahometanos, le dieron muerte a su capitán y el resto retrocedió espantados.
   En aquel tiempo las noticias tardaban mucho en llegar y Lepanto quedaba muy lejos de Roma, pero Pío V que estaba tratando asuntos con unos cardenales, de pronto, se asomó a la ventana y les dijo emocionado: "Dediquémonos a darle gracias a Dios y a la Virgen Santísima porque hemos conseguido la victoria" Varios días después llegó la noticia del enorme triunfo. El Papa en acción de gracias mandó que cada año se celebre el 7 de octubre la fiesta de Nuestra Señora del Rosario.
   En sus últimos años soportó con admirable serenidad los sufrimientos que le producía una enfermedad, que le llevó a la muerte el 1 de mayo de 1572.
   Fue canonizado el 22 de mayo de 1712 por el Papa Clemente XI.




La Divina Misericordia

  El mensaje de Misericordia de Jesucristo al mundo actual aumenta la alegría de saberse amado por Dios.
  Al descubrir que es amado por el Creador, nace y crece en la persona la virtud de la esperanza.
  Virtud significa fuerza. La esperanza es una fuerza que nos va dando Dios nuestro Señor, al meditar su Pasión, porque descubrimos poco a poco más intensamente el amor que Él tiene hacia cada uno de nosotros.
  Una cosa es saber que Dios nos ama-todos los cristianos sabemos que nos ama- y otra es sentirse amado, o mejor dicho, sabernos amados por Él.
  Por la meditación de la Pasión, descubrimos el amor de Dios Padre que entrega a su Hijo. Es un gran medio para valorar el hecho de ser hijos suyos. 

  Descubrimos el amor de Dios Hijo, al verle sufrir. Descubrimos el Amor entre Dios Padre y Dios Hijo, que se vuelca en nosotros, es decir, el Espíritu Santo.
  Jesucristo crucificado, sin palabras, nos dice: "Lo único que os recomiendo es que al verme colgado en la cruz penséis cuánto os he querido. ¡ Amadme!"



  Por eso, la meditación de la Pasión es nuestra esperanza y nuestra fortaleza.
  En el Mensaje de Misericordia confiado a Santa Faustina Kowalska, el mismo Cristo nos habla de lo conveniente que es meditar en su Pasión a las tres de la tarde. Así se recoge en el Diario de esta santa.
   1320.- A las tres, ruega por Mi misericordia, en especial, para los pecadores y aunque solo sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi abandono en el momento de Mi agonía. Esta es la hora de la gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré penetrar en Mi tristeza mortal. En esta hora nada le será negado al alma que lo pida por los misterios de Mi Pasión...
  1572.- Te recuerdo, hija Mía, que cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete totalmente en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y especialmente para los pobres pecadores, ya que en ese momento se abrió de par en par para cada alma. En esa hora puedes obtener todo lo que pidas para ti y para los demás. En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia. Hija Mía, en esa hora procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan los deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de misericordia. Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante. Exijo el culto a Mi misericordia de cada criatura, pero primero de ti, ya que a ti te he dado a conocer este misterio de modo más profundo.
  Procuremos en estos días comenzar el hábito de reflexionar sobre la Pasión de Jesucristo a las tres de la tarde para seguir su consejo.


Pascua 2016


Que la presencia del Resucitado en nuestras vidas, sea signo visible para el mundo del triunfo del Señor Jesucristo sobre el pecado y la muerte, así como de los nuevos caminos de VIDA que nos ofrece en su AMOR y en su MISERICORDIA.

¡¡No llores!!

- No, no! No lloréis hermanos. Le hemos encontrado vivo.
- Pero... ¿Qué dices? Como no vamos a llorar si ha estado perdido tres días. No estaba no con su madre, no con su padre no con la comitiva.
- No lloréis!! Está vivo. María la de Magdala lo ha visto y ha hablado con Él. Estuvo también tres días oculto a nuestros ojos, pero ha aparecido.
- Entonces... ¿Es el mismo que aquel niño encontrado por sus padres el tercer día en el Templo?
- Exacto hermano. te lo aseguro es el mismo y ha resucitado.
- ¿Y María? Su madre ¿dónde está?
- En casa de Juan. Orando. Ella ya lo sabía y desde su muerte no ha dejado de orar.
- Entonces era verdad lo que decía el Maestro, pero yo no acababa de entenderlo. Ahora lo veo claro. Por fin mis cadenas se han roto ¡soy libre!
   ¡Dios mío, Señor mío! ¿Eres tú? Has resucitado por mi. Me has liberado del pecado. Con tu Resurrección el hombre tiene una nueva dimensión. Ya nunca tendré miedo porque me amas. Pero...¿Qué clase de Amor es ese, el tuyo?Nunca me había sentido amado de esta manera. No me cabe en la cabeza y sin embargo, me siento aliviado.
     Hoy es el triunfo de Cristo sobre la muerte.
     ¡¡ Alabado seas, mi Señor !!
     ¡¡ Aleluya !!

Carta de León XIII sobre S. José





CARTA ENCÍCLICA
QUAMQUAM PLURIES
DEL SUMO PONTÍFICE
LEÓN XIII
SOBRE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ

A nuestros Venerables Hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos y otros Ordinarios, en paz y unión con la Sede Apostólica.

1. Aunque muchas veces antes Nos hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones especiales en el mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo puedan ser insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como motivo de sorpresa que Nos consideremos el momento presente como oportuno para inculcar nuevamente el mismo deber. Durante periodos de tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad— ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los santos —y sobre todo de la Santísima Virgen María, Madre de Dios— cuya tutela ha sido siempre muy eficaz. El fruto de esas piadosas oraciones y de la confianza puesta en la bondad divina, ha sido siempre, tarde o temprano, hecha patente. Ahora, Venerables Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino.

2. Este es el motivo por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos al pueblo cristiano y exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia, el auxilio de Dios Todopoderoso. Estando próximos al mes de octubre, que hemos consagrado a la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, Nos exhortamos encarecidamente a los fieles a que participen de las actividades de este mes, si es posible, con aún mayor piedad y constancia que hasta ahora. Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella. Si, en innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? No, por el contrario creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo, con súplicas tan especiales. Pero Nos tenemos en mente otro objeto, en el cual, de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables Hermanos, avanzarán con fervor. Para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen-Madre de Dios, su casta Esposa, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. Con respecto a esta devoción, de la cual Nos hablamos públicamente por primera vez el día de hoy, sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo. Hemos visto la devoción a San José, que en el pasado han desarrollado y gradualmente incrementado los Romanos Pontífices, crecer a mayores proporciones en nuestro tiempo, particularmente después que Pío IX, de feliz memoria, nuestro predecesor, proclamase, dando su consentimiento a la solicitud de un gran número de obispos, a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica. Y puesto que, más aún, es de gran importancia que la devoción a San José se introduzca en las prácticas diarias de piedad de los católicos, Nos deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de nuestras palabras y nuestra autoridad.


3. Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella. El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propio padres. De esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y durante el curso entero de su vida él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. El se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús. Ahora bien, el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad. Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.


4. Ustedes comprenden bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones se encuentran confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los Padres, y que la sagrada liturgia reafirma, que el José de los tiempos antiguos, hijo del patriarca Jacob, era tipo de San José, y el primero por su gloria prefiguró la grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia. Y ciertamente, más allá del hecho de haber recibido el mismo nombre —un punto cuya relevancia no ha sido jamás negada— , ustedes conocen bien las semejanzas que existen entre ellos; principalmente, que el primer José se ganó el favor y la especial benevolencia de su maestro, y que gracias a la administración de José su familia alcanzó la prosperidad y la riqueza; que —todavía más importante— presidió sobre el reino con gran poder, y, en un momento en que las cosechas fracasaron, proveyó por todas las necesidades de los egipcios con tanta sabiduría que el Rey decretó para él el título de “Salvador del mundo”. Por esto es que Nos podemos prefigurar al nuevo en el antiguo patriarca. Y así como el primero fue causa de la prosperidad de los intereses domésticos de su amo y a la vez brindó grandes servicios al reino entero, así también el segundo, destinado a ser el custodio de la religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra. Estas son las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse a la confianza y tutela del bienaventurado José. Los padres de familia encuentran en José la mejor personificación de la paternal solicitud y vigilancia; los esposos, un perfecto de amor, de paz, de fidelidad conyugal; las vírgenes a la vez encuentran en él el modelo y protector de la integridad virginal. Los nobles de nacimiento aprenderán de José como custodiar su dignidad incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por sus lecciones, cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con el precio de su trabajo. En cuanto a los trabajadores, artesanos y personas de menor grado, su recurso a San José es un derecho especial, y su ejemplo está para su particular imitación. Pues José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no sólo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido. José, contento con sus pocas posesiones, pasó las pruebas que acompañan a una fortuna tan escasa, con magnanimidad, imitando a su Hijo, quien habiendo tomado la forma de siervo, siendo el Señor de la vida, se sometió a sí mismo por su propia libre voluntad al despojo y la pérdida de todo.


5. Por medio de estas consideraciones, los pobres y aquellos que viven con el trabajo de sus manos han de ser de buen corazón y aprender a ser justos. Si ganan el derecho de dejar la pobreza y adquirir un mejor nivel por medios legítimos, que la razón y la justicia los sostengan para cambiar el orden establecido, en primer instancia, para ellos por la Providencia de Dios. Pero el recurso a la fuerza y a las querellas por caminos de sedición para obtener tales fines son locuras que sólo agravan el mal que intentan suprimir. Que los pobres, entonces, si han de ser sabios, no confíen en las promesas de los hombres sediciosos, sino más bien en el ejemplo y patrocinio del bienaventurado José, y en la maternal caridad de la Iglesia, que cada día tiene mayor compasión de ellos.


6. Es por esto que —confiando mucho en su celo y autoridad episcopal, Venerables hermanos, y sin dudar que los fieles buenos y piadosos irán más allá de la mera letra de la ley— disponemos que durante todo el mes de octubre, durante el rezo del Rosario, sobre el cual ya hemos legislado, se añada una oración a San José, cuya fórmula será enviada junto con la presente, y que esta costumbre sea repetida todos los años. A quienes reciten esta oración, les concedemos cada vez una indulgencia de siete años y siete cuaresmas. Es una práctica saludable y verdaderamente laudable, ya establecida en algunos países, consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios de piedad. Donde esta costumbre no sea fácil de establecer, es al menos deseable, que antes del día de fiesta, en la iglesia principal de cada parroquia, se celebre un triduo de oración. En aquellas tierras donde el 19 de marzo —fiesta de San José— no es una festividad obligatoria, Nos exhortamos a los fieles a santificarla en cuanto sea posible por medio de prácticas privadas de piedad, en honor de su celestial patrono, como si fuera un día de obligación.


7. Como prenda de celestiales favores, y en testimonio de nuestra buena voluntad, impartimos muy afectuosamente en el Señor, a ustedes, Venerables Hermanos, a su clero y a su pueblo, la bendición apostólica.


Dado en el Vaticano, el 15 de agosto de 1889, undécimo año de nuestro pontificado.

Cuaresma Misericordiosa

 Da comienzo la Cuaresma del 2016, enmarcada dentro del Jubileo de la Misericordia. Tiempo de preparación para vivir la Pascua. Tiempo de oración, ayuno, limosna y de penitencia. Si, penitencia, esa palabra que se quiere quitar de nuestro vocabulario. Ya no interesa, ni el ayuno, ni la penitencia. Se habla de la oración y de la limosna, se hace con muy acierto de la necesidad de recogimiento y de la gran ayuda que tiene el desprendimiento, y es verdad, pero se quedaría coja esa mesa sin el ayuno y la penitencia.
Es necesaria la renuncia personal y consciente de aquellas cosas que suponen un esfuerzo en nuestras vidas. Abstenerse de realizar aquellos actos supérfluos o no que sólo nos alejan de lo que realmente debe ser lo que queremos, acercarnos más a Dios y llegar a la perfección. Privarnos voluntariamente haciendo un sacrificio y ofreciendo para nuestro bien y el de los demás.
El problema de la penitencia es que para realizarla, primero, y es condición indispensable, hay que reconocer que no se es perfecto, que existe la equivocación, y que la ayuda es necesaria para mejorar y corregir las imperfecciones. Esto en los tiempos que corren es muy difícil, ya que la soberbia vive presente y acomodada en este mundo.
Si se vive la Cuaresma de forma auténtica e intensa, es fácil que se llegue a vivir la Misericordia de Dios en la vida de los cristianos. Viviendo el esfuerzo y la renuncia de uno mismo de aquellas cosas que nos apartan de Dios, haremos que su inmensa Misericordia para con nosotros, se hagan presente con las obras de misericordia en aquellos hermanos que especialmente están más cerca de nosotros.

¿Quién rezará por nosotros?

Terminando el mes de noviembre, mes dedicado a los difuntos se me plantea esa pregunta: ¿Quién rezará por nosotros?
Hoy en día en el mundo en el que nos movemos todo se convierte en superficial, temporal y sólo importa la inmediatez de las cosas. Con ese tipo de valores rondando a nuestro alrededor es difícil de acordarse de nuestros seres queridos ya fallecidos, a lo sumo nos acordamos en algún momento y poco más. El realizar esa obra de piedad por ellos se antoja difícil, y más cuando en algún caso ni los hemos conocido.
En anteriores generaciones se tenía la práctica de rezar por los difuntos,  prácticas muy presentes en las casas, no era tradición, era una obligación impuesta por la propia rectitud de la conciencia. Pero hoy en día es difícil. Difícil cuando incluso a veces no se enseña a nuestros hijos a rezar. Si no se enseña a rezar difícilmente podrán rezar por nosotros. No son cosas de otros tiempos pasados, son cosas que estamos dejando de practicar, dejándonos llevar por las influencias pasajeras de los tiempos. Estoy seguro de que de esa falta de caridad también se nos pedirá cuenta en el final de nuestros días.
El absurdo miedo a la muerte que se refleja en intentar ocultar esa realidad presente a los niños para que sigan pensando que todo en la vida es maravilloso, hace que cuando estos se encuentran con la realidad se convierta en una situación más difícil de digerir.
Si es difícil encontrar familias que soliciten misas por sus difuntos, pidan que un sacerdote se acerque a casa o al hospital para preparar al enfermo al tránsito, y tantas otras cosas. Estoy seguro que de aquí a unos años todas esas prácticas brillarán aún más por su ausencia, y parte de culpa la tendremos nosotros por no saber transmitir a las nuevas generaciones el bien que podemos hacer por aquellas personas que queremos y ya no viven en esta vida.
La esperanza,  no se pierde, y debemos seguir trabajando por el Reino de Dios en este mundo, y también hay que hacerlo con los niños y jóvenes, que son el futuro. Por todo ello la Iglesia, en sus oraciones no se olvida de rezar por los difuntos y debemos estar agradecidos a nuestra Madre, de que no se olvide de sus hijos.

Obra de misericordia por los difuntos



Creo que no hay mayor obra de misericordia que la de rezar y ayudar a aquellos que ya no pueden hacer absolutamente nada por ellos mismos, por los difuntos. Este mes de noviembre está dedicado precisamente a recordar aquellas personas que ya no están entre nosotros, el tenerlas de una forma especial en nuestra memoria para poder hacerles un poco más llevadero su peregrinar hacia la Iglesia Triunfante.
El ayudar con nuestras oraciones, sacrificios, aplicar sufragios en su sentido más extenso y que se puede matizar en cosas pequeñas y grandes individualizadas, así como todo aquello que pueda serles útil para aliviar su tormento en el purgatorio, debe ser empeño de cualquier buen cristiano.
Ayudar a las almas del purgatorio, almas indefensas que sólo pueden alcanzar la gloria de Dios después de purificarse, y en ese camino sólo los que estamos en la Iglesia Peregrinante podemos ayudarles a ellos que están en la Iglesia Purgante, para que su tiempo se acorte y puedan dar gloria a Dios.
El otro día me pidieron que aplicase tres misas por un difunto. Una para Dios Padre, otra para Dios Hijo y otra para Dios Espíritu Santo. Si pensáramos cuántos intercesores podemos tener cerca de Dios, intercediendo por nosotros, por haberles ayudado a salir del purgatorio y estar alabando en el cielo al Dios Todopoderoso…
Es una pena que desperdiciemos tantas gracias que podemos recibir, como son por ejemplo las indulgencias. Esas gracias que podemos aprovechar para nosotros mismos y que podemos aplicar también a aquellas personas difuntas. ¿Habrá mejor regalo que les podamos hacer?
¿Cuántas veces nos acordamos de seres queridos que ya nos dejaron? Recordamos momentos vividos junto a ellos, en muchas ocasiones con añoranza, se nos escapa un esbozo de sonrisa junto al ojo un poco humedecido.
No seamos tacaños a la hora de rezar por ellos, de aplicarles una misa, o, simplemente de realizar un sacrificio para la salvación de su alma. Es el mejor regalo que le podemos hacer, una dedicatoria que les alivia en el sufrimiento y les acerca un poco más a Dios.
Acerquemos un poco más a Dios a nuestros seres queridos.